Cómo la Existencia del Mal evidencia la Existencia de Dios




por Daniel Peterson

Para muchos incrédulos, tanto los que lamentan su incapacidad para creer como aquellos que celebran su falta de fe como una liberación, el problema del mal, como se le llama, es la razón más poderosa para rechazar a Dios. Después de todo, argumentan, si existe un mal injustificable (como seguramente parece), entonces o Dios no puede detenerlo o decide no detenerlo. En otras palabras, no es todopoderoso o no es del todo bueno.

Este es un gran problema que se ha debatido durante siglos, y ciertamente no trataré de resolverlo en un artículo. (Algunos pensadores importantes de los Santos de los Últimos Días, entre ellos Truman G. Madsen, Blake Ostler y David Paulsen, han argumentado que el mormonismo proporciona recursos únicos para lidiar con eso.) En cambio, pretendo presentar un detallado argumento del filósofo protestante Stephen Davis, de Claremont Graduate University.

Con considerable descaro y una referencia implícita al problema del mal en el peor de los casos, Davis etiqueta su caso como "el argumento del genocidio para la existencia de Dios". En otras palabras, busca convertir el argumento anti-teísta del mal en un indicador hacia lo divino.

"Genocidio", por supuesto, es la destrucción intencional, o el intento de destrucción, de todo un pueblo, por motivos de raza, etnia, nacionalidad o religión. El horrible caso clásico es el Holocausto nazi, en el cual el régimen de Hitler trató de eliminar a los judíos. (Los objetivos nazis menos conocidos también incluían eslavos, "gitanos" y testigos de Jehová).

Tal como lo formula en su libro de 2016 "Fe racional: una defensa filosófica del cristianismo" (Veritas Books), el argumento de Davis supone que ciertas cosas (como la compasión, mantener las promesas y decir la verdad) son objetivamente correctas, mientras que otras cosas (por ejemplo, mentir, la crueldad, asesinato y ciertamente genocidio) son moralmente incorrectos. No son simples cuestiones de gusto personal, comparables a gustarle o no gustarle el brócoli.



Así es como va el argumento de Davis, en sus propias palabras:

1. El genocidio es una desviación de la forma en que las cosas deberían ser.

2. Si el genocidio es una desviación de la forma en que las cosas deberían ser, entonces hay una manera en que las cosas deberían ser.

3. Si hay una manera en que las cosas deberían ser, entonces hay un plan de diseño para las cosas.

4. Si hay un plan de diseño para las cosas, entonces hay un autor del plan, un diseñador.

5. Este diseñador podemos llamar a Dios.

Davis admite por adelantado que este argumento ni siquiera intenta demostrar todo lo que los cristianos creen acerca de Dios. No dice nada, por ejemplo, sobre un Padre divino y un Hijo divino, o sobre la omnipotencia o la omnisciencia. Obviamente, tampoco demuestra que José Smith vio al Padre y al Hijo o que tradujo el Libro de Mormón por inspiración.

Aún así, dentro de sus límites, es un argumento que vale la pena considerar seriamente. Como Davis observa, "no puede haber un plan de diseño sin autor, un plan de cómo deberían ser las cosas, que se deriva simplemente de cómo son las cosas".

La ciencia es una herramienta poderosa para descubrir cómo funciona el mundo y qué es. Pero nada que la ciencia pueda descubrir sobre cómo es el mundo o cómo funciona nos va a decir algo acerca de cómo debe ser el mundo. La ciencia puede dividir el átomo, pero no puede, como ciencia, decirnos si es mejor construir una bomba con ese conocimiento o construir un reactor nuclear para iluminar una ciudad.

Se cuenta una historia del gran poeta angloamericano W.H. Auden: Una tarde, durante el período inmediatamente anterior a la Segunda Guerra Mundial, se encontró sentado en un cine de Nueva York mirando un noticiario sobre el brutal maltrato a los judíos bajo el Tercer Reich. (Y nadie entendía todavía cuán asesino era ese trato.) Por alguna razón, el teatro estaba lleno de alemanes-estadounidenses que simpatizaban con los nazis y que se reían y aplaudían. Auden estaba horrorizado.

Sin embargo, de repente se dio cuenta que no tenía ninguna base real, en su propio ateísmo personal, para decir que esos aplausos estaban equivocados. Solo podía decir que no le gustaba lo que estaba viendo y que desaprobaba su reacción. Auden fecha su conversión cristiana a ese día. Salió del teatro convencido de que solo si creía en algún tipo de moralidad objetivamente real podría condenar plausiblemente al nazismo, y que solo podría tener moral objetivamente real si aceptara a Dios como su fuente.

El problema del mal, en otras palabras, apunta hacia ambos lados. Puede arrojar dudas sobre Dios, pero también puede implicar su existencia.


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