Un relevo es un comienzo, no un final




Por Richard M. Romney

En la Iglesia no hay ascensos ni descensos, sino que avanzamos juntos hacia adelante.


Un amigo mío fue relevado recientemente como obispo de su barrio. Unos días después, sabiendo que yo también había servido como obispo, pidió hablar conmigo.
“¿Es normal sentir lo que siento?”, me preguntó.
“¿Qué sientes?”.
“Me siento desconectado, supongo. He estado involucrado en la vida de tantas personas, y ahora, de repente, se terminó. ¿Alguna vez volveré a sentirme tan involucrado?”.


Su pregunta me hizo pensar en el momento de mi propio relevo. Recordé que tuve sentimientos similares. Extrañaba ayudar activamente a las personas a acercarse al Salvador y a su Padre Celestial; extrañaba alentarlas a procurar y seguir la inspiración del Espíritu Santo. El servir como obispo había sido una maravillosa bendición, y ahora ya no la tenía.
Sin embargo, ¿en verdad no la tenía? Cuando pasó un tiempo, me di cuenta de que la bendición de prestar servicio nunca desaparece; es una oportunidad permanente. Como discípulos de Jesucristo, ¿no debemos recordarlo siempre? (véase D. y C. 20:77, 79). ¿No debemos siempre ayudar a los demás a acercarse al Salvador y a su Padre Celestial? ¿No debemos siempre ayudar a otras personas, especialmente a nuestro cónyuge y a nuestra familia, a procurar y seguir la inspiración del Espíritu Santo?
Las siguientes palabras del élder Dallin H. Oaks me vinieron a la mente: “… no se nos ‘degrada’ al ser relevados, y no se nos ‘asciende’ cuando se nos llama; no hay ‘ascensos ni descensos’ en el servicio del Señor. Únicamente se da marcha ‘hacia adelante o hacia atrás’, y esa diferencia radica en la forma en que aceptamos y actuamos con respecto a nuestros relevos y llamamientos. En una ocasión presidí en el relevo de un joven presidente de estaca que había prestado servicio diligente durante nueve años, y ahora se regocijaba por el nuevo llamamiento que él y su esposa acababan de recibir; se los llamó como líderes de la guardería de su barrio. ¡Únicamente en esta Iglesia se consideraría eso como algo igualmente honorable!”.


Cuando mi amigo y yo hablamos, nos dimos cuenta de que el servicio no acaba cuando se nos releva de un llamamiento, sin importar cuál sea. Para los seguidores de Cristo, el servicio nunca termina. Al poco tiempo recibimos un nuevo llamamiento, y volvemos a empezar, todos juntos avanzando hacia adelante.

Fuente: Liahona febrero de 2018


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