El élder Holland comparte un sueño y una historia personal con su hijo que muestra cómo podemos mejorar nuestras relaciones familiares


Hace muchos años me senté en el piso frente a una pequeña librería en el comedor de nuestro pequeño apartamento de dos habitaciones. Estaba inmerso en lectura, haciendo referencias y marcando; los plazos se agolpaban sobre mí. Irónicamente, estaba leyendo con atención el libro del presidente David O. McKay, Gospel Ideals, cuando Angela, mi hija de 2 años y medio, caminó hacia mí y me pidió que me uniera con ella, con su hermano de 1 año, David, y con su madre en algunos juegos que estaban jugando en el piso a unos pocos pies de distancia. Le respondí a Angie que estaba muy ocupado y no podía hacerlo. A los tres minutos David se arrastró y preguntó: "Papá, ¿Vienes a jugar?" Llamé a mi esposa en ese momento: "Shauna, ¿No ves que lo que estoy haciendo es importante? ¿Podrías por favor mantener a estos niños lejos de mi cabeza hasta que termine este proyecto?"

Volví a mi investigación. Pero luego sentí que mi atención se volvía hacia ellos, casi como si me estuvieran volteando físicamente. Miré sus tres pares de ojos y lo que vi fue muy preocupante: había dolor y en los ojos de mi esposa, por lo menos, un poco de frustración. Una voz vino a mi mente. Ya fuera la voz del Espíritu Santo o la voz de mi conciencia, no lo sé; sin embargo, era una apreciación interior de mi deber. Que afirmaba simple pero audazmente: "¡Hermano, He aquí el plan de salvación!" En ese breve instante llegó una avalancha de sentimientos, sentimientos de perspectiva, porque en un instante vi y sentí las cosas como realmente son; sentimientos de amor abrumador por una mujer maravillosa y unos niños adorables; y sí, vinieron sentimientos de culpa por descuidar a las personas más importantes de mi vida. Ese padre arrepentido se arrastró con rapidez hacia su familia y se involucró en las cosas que realmente importan.

En los años transcurridos desde esa experiencia, he reflexionado una y otra vez sobre lo que sentí esa noche. Tal vez fue un amor consumidor por mi familia, combinado con una fría bofetada en la cara, que me despertó momentáneamente. Otras cosas a lo largo de los años han cumplido una función similar. Shauna ha llamado mi atención ocasionalmente cuando elegí enfrascarme en un libro e ignorar a mi familia. Ella simplemente me ha dicho: "Bob, si tu no tienes cuidado, puedes crecer para ser un ángel ministrante muy inteligente". Eso funciono, también. No siempre he sido el mejor esposo y padre desde ese día memorable en mi vida, pero he sido mejor. Y es sorprendente cómo podemos ser instruidos por medio de la memoria.

Una cosa realmente irónica que he notado es nuestra frecuente falta de voluntad por ser más pacientes y por perdonar a los miembros de la familia como lo hacemos con amigos, asociados o incluso extraños. La mayoría de nosotros no consideraría insultar públicamente a un colega o menospreciar a un conocido o escabullirse para no hablar con compañeros de trabajo en la iglesia. Pero a menudo hacemos tales cosas con quienes más nos importan. Como deseamos desesperadamente que nuestros pequeños sean mucho mejores que nosotros, si tendemos a impacientarnos por su falta de progreso, a irritarnos por sus errores de juicio y a enojarnos realmente por sus fallas. Con demasiada frecuencia he agarrado y sacudido mi cabeza y me he preguntado cuándo el espíritu de la vida y de buen juicio descenderían sobre mis hijos adolescentes, especialmente cuando sus elecciones no fueron tan sabias como hubiera preferido. Si el Señor hubiera querido poner la mentalidad de un hombre 40 años sobre los hombros de un joven de 16 años, supongo que lo habría hecho; en su lugar, casi siempre pone la mentalidad (y el corazón, las emociones y las hormonas) de un joven de 16 años para un joven de 16 años.




Jeffrey R. Holland una vez describió una situación dolorosa similar en su propia familia:
"A principios de nuestra vida de casadod, mi joven familia y yo estabamos en un programa de estudios en una escuela de postgrado en una universidad de Nueva Inglaterra. Pat era la presidenta de la Sociedad de Socorro en nuestro barrio, y yo estaba sirviendo en nuestra presidencia de estaca. Iba a la escuela todo el día y daba clases durante algunas horas. Entonces teníamos entonces dos niños pequeños, con poco dinero y muchas presiones.

Una tarde volví a casa después de muchas horas en la univerdidad, sintiendo el peso proverbial del mundo sobre mis hombros. Todo parecía ser especialmente exigente, desalentador y oscuro. Me preguntaba si volvería a ver un nuevo el amanecer. Entonces, cuando entré en nuestro pequeño apartamento para estudiantes, había un silencio inusual en la habitación.

'¿Hay algún problema?' pregunté.

'Matthew tiene algo que quiere contarte', dijo Pat.

'Matt, ¿qué tienes que contarme?' Matt estaba jugando tranquilamente con sus juguetes en la esquina de la habitación, esforzandose por no escucharme. "Matt", dije en un tono de voz un poco más fuerte, "¿tienes algo que contarme?

Dejó de jugar, pero por un momento no levantó la mirada. Entonces dos enormes ojos marrones llenos de lágrimas se volvieron hacia mí, y con el dolor que solo un niño de 5 años puede concoer, me dijo: 'No le hice caso a mamá esta noche, y le contesté mal.' y se echó a llorar, y todo su pequeño cuerpo se estremecía de tristeza. Una indiscreción infantil, fue descubierta, se ofreció una confesión dolorosa, el crecimiento de un niño de 5 años continuaba, y podría haber habido una amorosa reconciliación

Todo podría haber sido fantástico, de no haber sido por mí. Imaginen la cosa tan estupida que hice, perdí los estribos. No es que lo perdiera a causa de Matt, es que tenía cien y otras cosas más en mi cabeza. Pero él no lo desconocía y yo no fui lo suficientemente disciplinado como para admitirlo. Así que me descargué con él

Le dije lo decepcionado que me sentía y lo mucho más que pensaba que podía esperar de él. Sonaba como el padre patán que estaba siendo. Entonces hice lo que nunca antes había hecho en su vida: le dije que se fuera directamente a la cama y que yo no iría a orar con él ni a contarle un cuento. Se dirigió obedientemente a la cama entre sollozos, se arrodilló él solo para hacer la oración, y luego se secó las lágrimas contra la almohada, unas lágrimas que su padre debería haber estado apaciguando.

Si creen que el silencio que había cuando llegué a casa era grande, el que había ahora no se lo podrían ni imaginar. Pat no dijo ni una palabra. No tenía que hacerlo. ¡Me sentía terriblemente mal!

Más tarde, al arrodillarnos junto a nuestra cama, mi débil súplica por las bendiciones de mi familia se desplomó sobre mis oídos con un sonido horriblemente hueco. En ese momento quería levantarme e ir junto a Matt y pedirle perdón, pero ya hacía tiempo que estaba durmiendo plácidamente. 

Mi alivio iba a tardar en llegar, pero al final me quedé dormido y comencé a soñar, lo cual me pasa muy rara vez. Soñé que Matt y yo estábamos metiendo nuestras cosas en dos coches pues nos íbamos a mudar. Por algún motivo su madre y su hermana pequeña no estaban presentes. Al terminar me volví a Matt y le dije: "Muy bien, Matt, tu conduces un coche y yo el otro.

El pequeño de cinco años se subió obedientemente al asiento para agarrar el enorme volante, yo me fui al otro coche y encendí el motor. Al comenzar a avanzar eché un vistazo para ver cómo le iba a mi hijo. Se estaba esforzando, ¡y de qué manera!, por llegarle a los pedales, pero no podía. Estaba dándole a las palanquitas, apretando los botones e intentando encender el motor. Apenas sí se le veía la parte superior de la cabeza, pero allí volvían a estar mirándome esos dos enormes y hermosos ojos marrones llenos de lágrimas. Al alejarme me gritó: ""Papi, no me dejes. No sé cómo hacerlo, soy demasiado pequeño". Pero yo me fui.

Al poco rato, al descender por aquella carretera desértica de mi sueño, me di cuenta de inmediato de lo que había hecho. Detuve el coche en seco, abrí la puerta de golpe y comencé a correr con todas mis fuerzas. Dejé el coche, las llaves y las pertenencias, y corrí, corrí y corrí. La calzada estaba tan caliente que me dolían los pies, las lágrimas impedían que, pese a mis esfuerzos, viese a mi hijo en algún lugar del horizonte. Continué corriendo, orando, suplicando ser perdonado y encontrar a mi hijo sano y salvo.

Al girar en una curva, a punto de caerme a causa del cansancio físico y emocional, vi el coche desconocido que había pedido a Matt que condujese. Estaba cuidadosamente aparcado a un lado de la carretera y él estaba riendo y jugando muy cerca. Un hombre mayor estaba con él, jugando y respondiendo a sus juegos. Matt me vio y dijo algo como: "Hola papá. Nos estamos divirtiendo". Resultaba obvio que ya había perdonado y olvidado mi terrible transgresión contra él

Sin embargo, yo tenía miedo de la mirada del hombre mayor, la cual seguía cada uno de mis movimientos. Intenté decir "Gracias", pero los ojos del hombre estaban llenos de tristeza y decepción. Murmullé una disculpa un poco incomprensible y el extraño me dijo simplemente: "No debiera haberle dejado sólo para hacer una cosa tan difícil, la cual no hubiera sido requerida de usted".

Al decirme eso el sueño terminó y yo me desperté de golpe. Tenía la almohada empapada, bien fuese por el sudor o por las lágrimas, no lo sé. Retiré las sábanas y corrí hacia la camita plegable de Matt donde, de rodillas y en medio de las lágrimas, lo acuné en mis brazos y le hablé mientras él dormía. Le dije que todo padre comete errores, pero que lo hace sin querer. Le dije que no era culpa suya el que yo hubiese tenido un mal día. Le dije que cuando los niños tienen cinco o quince años, los padres suelen olvidar que ellos tienen cincuenta. Le dije también que quería que siguiese siendo un niño pequeño durante mucho más tiempo, porque de repente iba a crecer y sería un hombre que ya no estaría jugando en el suelo con sus juguetes cuando yo regresase a casa. Le dije que le amaba a él, a su madre y a su hermana más que a nada en el mundo, y que cualesquiera que fuesen los problemas que tuviésemos en la vida, les haríamos frente juntos. Le dije que nunca más volvería a esconder de él mi cariño ni mi perdón. Le dije que me sentía honrado de ser su padre y que intentaría de todo corazón ser digno de tan grande responsabilidad" (Como en el Cielo, así tambien en la tierra , 165-68).
Las personas son más importantes que las cosas. Las personas importan más que las agendas hechas, los horarios y los productos. Dios y Cristo trabajan a tiempo completo en el negocio de las personas, y tal vez esa labor primaria contribuye de manera palpable a su plenitud de gozo. A veces, cuando las cosas más importantes se ven desplazadas por cosas menos importantes, el Señor encuentra una manera de llevarnos de vuelta a la realidad y enfocarnos en lo fundamental.



Artículo fue escrito por Robert L. Millet y publicado en ldsliving.com con el título “Elder Holland Shares a Dream and Touching Personal Story with His Son That Shows How We Can Improve Our Family Relationships”. Traducido y publicado al español por Dastin Cruz (Administrador de mundomormon.org)

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